No toda amenaza para la democracia llega con uniforme o empuñando un fusil.
A veces se presenta en traje, con micrófonos abiertos, cámaras encendidas y un discurso que convierte la política en campo de batalla y al contradictor en enemigo.
Así se ha construido, paso a paso, la figura de Abelardo de la Espriella: no solo como abogado mediático, no solo como candidato presidencial, sino como un símbolo de poder que se alimenta de la confrontación, la intimidación y el ruido.
El hombre que no debate… confronta
En una democracia, el debate es la esencia. En su caso, muchas veces, ha sido reemplazado por el choque.
Uno de los episodios más reveladores ocurrió en una entrevista en W Radio, donde, en medio de una discusión con el senador Ariel Ávila, el tono subió hasta romper cualquier límite institucional: insultos, gritos y un desafío directo a pelear “como hombres”.
No fue un error aislado.
Fue una muestra de carácter.
Y el carácter, en política, importa.
Porque un país no se gobierna desde la ira.
Una relación peligrosa con la prensa
Las democracias se sostienen sobre un principio básico: el poder debe ser vigilado.
Pero cuando el poder convierte a la prensa en enemigo, la democracia empieza a resquebrajarse.
La Fundación para la Libertad de Prensa ha sido clara: ha denunciado una “estrategia sostenida de estigmatización” por parte de De la Espriella contra periodistas y medios.
No se trata solo de críticas.
Se trata de demandas, presiones, deslegitimación constante y un mensaje implícito: quien cuestiona, paga el precio.
En un país donde ejercer el periodismo ya es riesgoso, ese tipo de liderazgo no protege la libertad… la pone en la mira.
El patrón: dinero, poder y denuncias que se repiten
Aquí no estamos frente a un hecho aislado.
Estamos frente a un patrón.
El nombre de De la Espriella aparece, una y otra vez, en contextos donde se cruzan poder, dinero y justicia.
El caso de David Murcia Guzmán lo volvió a poner en el centro del huracán: denuncias de dinero entregado, acusaciones de traición, señalamientos de lobby judicial.
Nada de eso, hasta hoy, ha terminado en condena.
Pero tampoco es menor que esas denuncias existan, se repitan y coincidan en su esencia.
Y en política, los patrones dicen más que los expedientes.
El poder oscuro: moverse entre los más peligrosos
No todos los abogados construyen su carrera en los mismos escenarios.
Algunos lo hacen en la academia.
Otros en la administración pública.
Y algunos, como De la Espriella, en los márgenes más complejos del poder.
Su nombre ha estado vinculado —directa o indirectamente— a episodios como el proceso de Ralito, a discusiones alrededor del mundo paramilitar, y a la defensa de figuras como Álex Saab.
En varios de esos casos no hay condenas en su contra.
Pero sí hay algo más profundo: una constante cercanía con los actores más cuestionados del país.
Y eso, en política, no es neutro.
Lenguaje de guerra, no de gobierno
Un presidente no solo gobierna con decisiones.
Gobierna con palabras.
Y las palabras de De la Espriella han dejado una huella preocupante.
Hablar de “destripar a la izquierda” no es una metáfora inocente.
Es una señal.
Una forma de entender el poder no como equilibrio, sino como imposición.
No como diálogo, sino como eliminación simbólica del otro.
En una sociedad polarizada, ese lenguaje no enfría el conflicto.
Lo enciende.
El nuevo escándalo: algoritmos, pasaportes y elecciones
Como si el pasado no fuera suficiente, un nuevo capítulo sacude su campaña.
El presidente Gustavo Petro lo señaló de presuntas conversaciones con empresarios vinculados a la empresa Thomas Greg & Sons, donde —según la denuncia— se habría planteado un intercambio: recuperar el contrato de pasaportes a cambio de apoyo tecnológico para incidir en el resultado electoral.
De la Espriella lo niega.
No hay, hasta ahora, prueba pública concluyente.
Pero el hecho político es contundente: su nombre vuelve a aparecer en un escenario donde se mezcla poder, dinero y posibles interferencias institucionales.
Y eso, en plena campaña presidencial, no es menor.
No es un problema de títulos… es de límites
De la Espriella tiene formación académica.
Conoce el derecho.
Entiende el Estado.
Pero el problema no es lo que sabe.
Es cómo actúa.
Porque gobernar no es litigar.
No es intimidar.
No es aplastar al contradictor.
Gobernar es contener el poder, respetar los límites y entender que el adversario también hace parte de la democracia.
La verdadera pregunta
Colombia no necesita un hombre fuerte.
Necesita instituciones fuertes.
No necesita gritos.
Necesita garantías.
No necesita miedo.
Necesita equilibrio.
Por eso, la discusión no es si Abelardo de la Espriella ha sido condenado.
La discusión es otra:
¿Puede alguien que ha hecho del conflicto su lenguaje, de la presión su método y de la confrontación su identidad, gobernar sin poner en riesgo la democracia?
Conclusión: el riesgo no siempre es ilegal… pero sí puede ser real
Las democracias no siempre caen por golpes de Estado.
A veces se desgastan lentamente.
Con discursos que normalizan la violencia.
Con líderes que convierten la crítica en enemigo.
Con poder que no reconoce límites.
Abelardo de la Espriella no es un desconocido.
Es, quizás, una de las expresiones más claras de ese tipo de liderazgo.
Y en un país como Colombia —con una historia marcada por la violencia, el poder sin control y las instituciones frágiles— eso no es solo un debate político.
Es una alerta.